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Bolsillo ¿Por qué suben los precios?

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El lunes pasado, para mi sorpresa, el cajero automático de mi banco me entregó 3 billetes con la cara de Evita, numerados correlativamente hasta el A7.285.018 y otros 17 con la imagen de Roca , también de numeración consecutiva hasta el Y90.277.855, recién salidos de fábrica.

Si multiplicamos las 25 letras ya emitidas, por los 100 millones de billetes de cada letra y por los $100 que vale cada billete, estaríamos en los 250.000 millones de pesos de base monetaria, cifra casi coincidente con los 270.969 declarados por el Banco Central.

Si en vez de por las matemáticas, nos dejamos guiar por el sentido común, también descubrimos que si los billetes del cajero son nuevitos es porque alguien los acaba de imprimir y poner en circulación.

El año pasado la Base Monetaria (los billetes y monedas) creció 32.575 millones por culpa de la emisión que hizo el Banco Central para financiar el déficit fiscal del gobierno nacional, mientras que durante los primeros 11 meses del año en curso ya salieron de la maquinita 31.130 millones con el mismo objetivo. Esta realidad contrasta notablemente con la existente en el período 2003-2008, todos años en los cuales el gobierno tuvo superávit fiscal y de hecho compró deuda del Banco Central, contribuyendo así a achicar la base monetaria.

Con un desempleo relativamente bajo y las empresas trabajando con sus capacidades a pleno, obviamente ese exceso de billetes nuevitos que comenzó en 2009, pero alcanzó valores significativos a partir del 2010, termina causando inflación, puesto que se altera la relación entre la cantidad de dinero y la cantidad de bienes de la economía.

El gobierno por supuesto niega que su falta de disciplina fiscal sea la responsable del descalabro en los precios que estamos viviendo y le echa la culpa en cambio a los oligopolios y grupos concentrados que se aprovechan de su posición dominante y aumentan los precios.

El problema es que los monopolios efectivamente suelen tener precios más altos que los que prevalecerían en condiciones de competencia perfecta en el mercado, pero la inflación no es un problema de precios altos, sino el hecho de que estos suban de manera generalizada y continua a lo largo del tiempo, cosa que obviamente no puede ser atribuida a un monopolio puesto que habría que suponer que los empresarios fueron estúpidos por no haber aumentado los precios antes.

Dicho esto, si bien la concentración económica per se no genera subas de precios, es verdad que si el poder de los grupos económicos concentrados aumenta, ello sí puede generar un aumento en los precios. En efecto, Daniel Azpiazu y Martín Schorr acaban de publicar un artículo que prueba que la concentración económica, medida por el peso de las principales 200 empresas en la economía, realmente aumentó con respecto a la década del 90, de modo que ello sí podría explicar algo del aumento de precios de los últimos años.

No obstante, el argumento más fuerte en contra de la hipótesis de los oligopolios que influyen en los precios para aumentar las ganancias empresarias, es el que aparece en el reciente libro (muy recomendable, sobre todo para los no economistas) del profesor de la UNLP Ricardo Bebczuk, “Para entender la Economía: 12 preguntas esenciales”.

El autor sostiene que “el hecho de que el salario promedio creció 300% entre 2004 y 2011 y los precios “apenas” el 180% demuestra que el aumento de ganancias no es el factor crítico en el reciente proceso inflacionario”.

Otro responsable habitual de los fenómenos inflacionarios es el tipo de cambio. La hipótesis, planteada originalmente en un trabajo de Marcelo Diamand y reflotada hace 6 años en un artículo de Axel Kiciloff y Cecilia Nahon, es que cada vez que sube el dólar los precios de los productos que nuestro país exporta y los de aquellos bienes que importa o que compiten con las importaciones, suben rápidamente, ocasionando inflación.

Lo cierto es que si bien este planteo podría haber dado cuenta de la inflación existente entre 2001 y 2003, desde entonces el precio del dólar no hace más que bajar en términos reales, a punto tal que hoy estamos en un escenario muy parecido al del 1 a 1, con la única diferencia de que ahora no hay dólares.

Hasta aquí, como en la película, los sospechosos de siempre, pero falta un factor psicológico fundamental; las expectativas.

Si la gente espera 25% de inflación para el próximo año ajustará todas sus decisiones actuales (un contrato de alquiler, un reclamo salarial, los honorarios de un trabajo, el precio de un auto, etc.) incorporando esos aumentos y produciendo por ende un fenómeno de profecías auto cumplidas.

Si además hay incertidumbre respecto de la inflación real (por culpa del INDEC), pues la expectativa inflacionaria será mayor, dado que por nuestra aversión al riesgo, solo registramos en nuestra memoria los precios que aumentan, haciendo caso omiso de los que no suben, y sobre estimando por lo tanto la inflación actual, que se usa de base para proyectar expectativas futuras.

La buena noticia es que hay remedio para el problema; disciplina fiscal y conducta republicana. Lo primero elimina la emisión innecesaria de dinero y junto a ello lo segundo (transparentando INDEC por ejemplo) permite domar las expectativas y conducirlas a niveles de países civilizados.

Por Martin Tetaz* Twitter @martintetaz

9/12/12 Fuente: El Día

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