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Electrónica: la gente paga más del doble por funciones que no utiliza

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“¡Llevo el más completo!”, responde la clienta de una importante cadena de electrodomésticos al vendedor que le ofrece dos opciones de un microondas.

Esa respuesta es parte de un fenómeno global, al que en Inglaterra ya le pusieron nombre: “inflación funcional”. Es la modalidad que tienen los fabricantes de incorporar funciones a los productos electrónicos, ofrecer más variedad e incrementar las ganancias. Pero muchas veces, el usuario no aprovecha la prestación “extra” que definió la compra y, así, termina pagando incluso más del doble de lo que vale el producto que realmente necesitaba.

Los consumidores argentinos también son parte de este fenómeno. “6 de cada 10 personas que tienen un SmartTV no lo conectan a Internet”, asegura el consultor Enrique Carrier. El cliente llega a pagar, sólo por esa función, un 16% más. Si el TV también trae la tecnología 3D (que para aprovecharla se necesita TV por cable en alta definición y pagar la película aparte, o un reproductor de películas en tres dimensiones) el costo puede aumentar un 50% respecto del producto básico.

“Básico”, esa palabra que nadie quiere, según Alejandro Prince, director de la consultora Prince & Cooke: “Los argentinos quieren lo pro, pro plus. Cuanto más largo el nombre, mejor. Nadie quiere leer ni escuchar la palabra ‘básico’. Si algo tiene un botón más, compro ése. Aunque no entienda para qué sirve ese botón”.

Todo esto no es sólo la manía de generar ganancias por parte de una fábrica de televisores. “Es una de las consecuencias de una insaciable sed de consumo de novedades y la forma en que las marcas y empresas responden a ella”, dice David Mattin, estratega jefe de la consultora inglesa Trendwatching. Acá, los expertos tienen visiones similares, como la del psicólogo Enrique Novelli: “Uno adquiere un objeto porque piensa que le va a dar una especie de sensación de completud. Eso hace que se compren cosas cada vez más complejas y más completas, buscando sentirse tan completo y tan complejo como el producto que compró. Después, si el comprador lo puede manejar o no es otro tema”.

Y no es sólo cuestión de “poder manejarlo”. También, en muchos casos, la necesidad de tareas extra genera que esa función específica que hace atractivo al producto se termine dejando de lado. El ejemplo para esto es una plancha a vapor. La necesidad de recargar el receptáculo de agua y limpiarlo regularmente hace que muchos consumidores tengan esa posibilidad pero la descarten. De todos modos, según Juan Manuel Aragonés, director comercial de Garbarino, ese tipo de planchas representan el 75% de las ventas. El ejecutivo destaca que si bien en gran parte de los casos el que decide la compra quizás no aproveche las funciones de un aparato avanzado, “las nuevas generaciones son las que más usan la nueva tecnología. El adulto quizás no usa todas las funciones del producto que compró pero el chico de la casa seguramente lo hará”. Otro caso es el de las cámaras de fotos. En MercadoLibre, las profesionales y semi profesionales ya representan el 45% del total vendidas, pisándole los talones a las automáticas que deciden todo por el usuario.

El porqué de este fenómeno no es un factor económico. Así lo explica Alejandro Prince: “Esto atraviesa todas las clases sociales. Uno se lleva la zapatilla con más agujeritos y más prestaciones. Dentro de lo que puede, la gente consume lo mejor”, aunque ese producto cueste mucho más de lo que necesita gastar para suplir las necesidades que realmente le fomentaron la compra.

La inflación funcional llegó a la Argentina, y los consumidores ya la experimentan. El celular se quedó obsoleto a los seis meses de comprarlo. El recipiente de hielo de la heladera quita espacio para el yogurt. ¿Ponerle agua a la plancha? ¡No hay tiempo! ¿Sacar fotocopias en la impresora de casa? Interesante, pero… ¿Se hace? Es por eso que a la hora de elegir sería bueno, quizás, cambiar el “¡Llevo el más completo!” por “¿Llevo el más completo?”.

9/5/13 Fuente: Ieco

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