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La gente arma estrategias para ganarle a la inflación

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Ingenio y esfuerzo son sus principales recursos. Los consumidores llegan a viajar horas en colectivo o a hacer largas colas para gastar menos. Las clases más altas consumen con promos y descuentos.

Inflación
En esta época donde la inflación es parte de la vida cotidiana del país, la gente multiplica su ingenio y no teme a los esfuerzos para gastar menos. No le importa caminar, viajar en dos colectivos y hacer horas de cola. Lo que sea, con tal de ahorrar.


En el mercado de Primera Junta, el kilo de tomate sale un 40% menos que en la verdulería. Roxana Sánchez lo sabe, por eso viaja todos los viernes en colectivo desde Almagro y llena la bolsa de frutas y verduras. “Gasté por todo 50 pesos. Conviene hacer el esfuerzo del viaje”, dice la mujer, con la bolsa atada al brazo para soportar mejor los más de ocho kilos que carga para volver a su casa.

Coinciden los puesteros, los clientes y las asociaciones de consumidores: con una inflación prevista para este año por las consultoras privadas de al menos el 25%, la mayoría de los consumidores ya tiene sus propias estrategias para hacer rendir más el dinero. Según el INDEC, para que coman dos adultos y dos niños se necesitan $ 20 por día. Pero una recorrida de Clarín por un hipermercado de Constitución publicada el 2 de octubre mostró que en las góndolas se gasta el doble de lo que dice el cálculo oficial.

¿Qué hace la gente? De todo. Betty, de 62 años, todos los sábados se va desde La Paternal al Super Vea de San Cristóbal. Hace la cola desde las 5.30 de la mañana en el estacionamiento, para que cuando abra, a las 8, pueda ser la primera en entrar y aprovechar las ofertas de los cortes de carnes sobrantes de exportación, a mucho menos de la mitad de lo que sale en una carnicería del barrio. “Me levanto a las 4.30 y me tomo dos colectivos para llegar bien temprano y ser la primera y poder elegir las mejores carnes. Vengo semanalmente y hago compras para toda la familia y hasta para mis vecinos. Lo vale, me ahorro más del 60%”, cuenta Betty con cara de dormida. Se llevó tres kilos de asado, cinco de roast beef y seis de paleta, por los que pagó 147 pesos, 300 menos que si lo hubiera comprado en la carnicería de su barrio. No es un caso aislado: detrás de ella, más de 50 personas esperan la apertura del hipermercado.

Para Osvaldo Riopedre, de la Asociación de Defensa de los Consumidores y Usuarios (Adecua), el fenómeno no discrimina niveles sociales. “Ya nadie tiene vergüenza en pedir descuentos” dice. Ignacio Formento (36) le da la razón. Tiene un buen sueldo como empleado, pero sólo compra su ropa en la calle Avellaneda porque consigue “buenos productos a muy bajos precios”. Allí, un jean cuesta, en promedio, $ 150 y hay remeras desde $ 30. “Locuras” más grandes hacen quienes llegan a este circuito comercial de Flores desde Chaco, Misiones o Santa Fe. Bruno Donini tiene una empresa de combis que traslada “a muchos que vienen a comprar para revender, pero también a muchos otros que compran para ellos y sus familias. Algunos viajan en cada cambio de estación”. Juan Vera (52) es uno de ellos. Marplatense, dos veces al año viene a comprar ropa en Avellaneda. “Para mí, para mi familia y para regalar”, comenta.

En la clase media y los sectores de mayores ingresos, los descuentos de las tarjetas ya son un hábito incorporado (ver página 5). Lorena Díaz (38) es médica y trabaja en varios sanatorios, lo que le permite tener tres tarjetas por sus cuentas sueldo. Por eso, se convirtió en una “ingeniera del descuento” para explotar las ventajas de todas. “A veces me complica un poco comprar en el super en determinado día, pero lo hago igual. Y me pongo de acuerdo con mis amigas para ir juntas y aprovechar cuando hay rebajas importantes en indumentaria”, cuenta.

“Que la gente busque por todos lados ese valor agregado, como cuando con la compra de una heladera te llevás dos kilos de helado, me hace acordar en otra época lo que era la yapa. Va siempre donde se regale o se promocione algo. Y si en un local no hay promociones, busca otro”, explica Susana Andrada, del Centro de Educación al Consumidor.

Fernando Torre (48) vive en Congreso y es el encargado de hacer las compras en su casa. “Hago recorridas una vez por semana por los supermercados del barrio. La carne la compro en un lugar, las verduras en otro y los lácteos en otro. No me importa perder tiempo, el sueldo no me da para mucho”, afirma. La caminata del ahorro le lleva toda la mañana. En una hoja medio arrugada lleva una lista con los lugares y los precios de las cosas que tiene que comprar. Se destaca del papel una anotación escrita apurada: “Los huevos comprarlos en lo de Martha, los chinos están caros. Ahorro: 50 centavos”.

Los consumidores no andan con vueltas. O, mejor dicho, sí dan muchas vueltas cuando es necesario abaratar los costos para cuidar el bolsillo.

18/10/11 Fuente: Ieco

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