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Los condones argentinos: conocé cómo es la industria de los preservativos

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En el país, se venden 180 millones de preservativos al año -unos 4,5 por persona- y el Gobierno impulsa medidas para incentivar la fabricación nacional. Breve historia de ese mal necesario

Cuando el gran don Pedro de Mendoza puso un pie en estas tierras no sólo trajo un papel enrollado para declarar y asentar la fundación de la ciudad; no sólo trajo el sueño de un mundo mejor, modernidad y televisión satelital. Además, trajo algo inconfesable bajo los pantalones que las pinturas de la época no fueron capaces de retratar: el fundador de Buenos Aires trajo sífilis. Se enfermó en Europa, vaya a saber fundando qué paisajes. Se cree que Mendoza se embarcó a América en busca de un remedio milagroso que curara su mal. Tuvo poco tiempo para fundar la ciudad y bautizarla con un nombre bucólico, hasta que la enfermedad lo liquidó de regreso a su patria, en alta mar. De seguir el ejemplo de los egipcios, Don Pedro hubiese tenido mejor suerte.

A juzgar por la creencia en el Antiguo Egipto, más que el miembro favorito del varón, el pito era una entidad viva. Un tótem de origen celestial. Una especie de dios que merecía ser admirado por su capacidad creadora; no es para menos, de 10 a 20 eyaculaciones concentran suficiente esperma para poblar toda la Tierra. Y, como tal, debía ser cuidado o venerado. En tiempos de faraones, los tipos eran tremendos. Los dioses cometían incestos, practicaban la masturbación, el adulterio y la necrofilia. Con un paraíso así, era natural que abajo la gente buscara cuidarse con lo que hubiera disponible. Hay rastros de figuras egipcias de tres mil años antes de Cristo, en las que dos esclavos le colocan a un hombre el intestino de una oveja. Se desconoce si para su protección o, en todo caso, para su honor, como corona de monarca.

Y ése, mi amigo, no es el comienzo. Hay pinturas de donjuanes colocándose forros en grabados rupestres hallados en Francia, que datan de la época prehistórica. No había imprenta, ni rueda, ni baile del caño, pero el hombre ya se las ingeniaba para cuidar sus tótems. Los chinos fabricaban sus primeros preservativos con papel y cera; los japoneses, con escamas de tortugas marinas. Resistentes, es cierto, pero que se lo ponga Aquaman.

En 1561, el doctor Falopio inventó la vaina de lino para proteger a sus pares del azote de la sífilis y tuvo éxito en experimentos con 1100 hombres que no sólo se salvaron de la enfermedad, sino que además quisieron repetir el experimento. En 1650, Charles de la Condamine convirtió la goma en látex y fue pionero en la materia. Pero era tan ásperos que la gente prefería la escama de tortuga. Se sabe que el rey Midas de Creta se cuidaba con preservativos y hasta el mismísimo Casanova cubrió a su dios con intestino de oveja.

Mucho semen ha corrido por el canal abierto de millones de braguetas. Mucha gente ha muerto de enfermedades evitables. Y, lo que es peor, muchos idiotas han nacido por no tener protección a mano. Hoy todo ha cambiado. Ahora mismo, se venden 12 mil millones de preservativos anuales en el mundo y sin tocar ninguna oveja.

Está la marca Trojan, 29 variedades, 90 años en el mercado, los más vendidos en Estados Unidos. Están los Durex, los más populares del mundo que incluyen una línea de forros vibradores. Están los Okamoto, fabricados en Japón: 0,04 de espesor, los más delgados del rubro. Están los Night Light Glow, que contienen pigmentos de fósforo, brillan en la oscuridad y dan la impresión de espada láser en manos de Obi-Wan Kenobi.

Es tal la tendencia que hasta Louis Vuitton diseñó su propio modelo de condones: igual que el resto, pero más caros, 68 dólares el paquetito. Hay preservativos que parecen helados, y modelos con 40 diseños de banderas. Están los Lifestyles, que incluyen los sabores cereza, vainilla y banana. Y hay forros para veganos, que descartan todo consumo animal, como los de Original Condom en Francia, que no contienen caseína, y juran en la empresa que no impactan en el medio ambiente, sobre todo trayendo más mequetrefes al mundo.
Hay modelos con nombres spinetteanos, como Orquídea de Medianoche, Ciruelo Chiflado, Ladrillo Metálico, Hielo Negro y Domo del Placer. Hay forros en formato chupetín y botas de papá Noel para guardarlos en Navidad. Vienen con 144 unidades y te cuesta 60 dólares.

«En nuestro país, el preservativo se comenzó a utilizar a partir de la segunda posguerra», precisa Federico Andahazi, que escribió la monumental Historia sexual de los argentinos, obra en tres tomos que mejor retrató nuestros pasatiempos de la cintura para abajo. «A juzgar por hombres como Urquiza, que tuvo cerca de medio centenar de hijos, o de Belgrano, que murió víctima de la sífilis, diría que no les hubiese venido nada mal. A Perón no le hubiera servido más que para prevenir enfermedades sexuales, ya que, como consta en su foja médica del Ejército, un accidente mientras practicaba barras paralelas lo dejó estéril».

En la Argentina se venden 180 millones de preservativos al año (unos 4,5 por persona), el doble que diez años atrás. El 90% lo compran hombres, y más de la mitad de los usuarios son menores de 35 años, que los adquieren en kioscos. El 87% de los preservativos del mercado los producen Prime y Tulipán, las dos empresas locales. El látex lo traen de Malasia, el mayor exportador de la materia prima.

En campaña por ponerle profilaxis a cuanta importación circule por el mercado local, Guillermo Moreno, secretario de Comercio Interior, reunió las dos compañías más importantes del rubro en la Argentina y, cuando le mostraron sus ventas, cerró las piernas y abrió los ojos: «¡Pero es impresionante cómo se coge en la Argentina!».

Moreno les advirtió que no bajaría completamente las barreras a la importación de forros, pero sí haría algo más sutil: en las licitaciones públicas del Ministerio de Salud, privilegiaría las empresas locales. Si se cumple el anuncio, los forros en las campañas nacionales serán siempre made in acá nomás. Para reforzar la demanda, Moreno les pidió aumentar un 25% la producción.

Los fabricantes, chochos. No es menor el favor: Tulipán, que tiene el 70% del mercado de licitaciones, proyecta para 2012 vender 50 millones de unidades más sólo en campañas del Estado. «Este año, además, esperamos crecer un 15% en el mercado comercial», se entusiasma Felipe Kopelowicz, director de Tulipán. Su empresa vende 60,5 millones de unidades al año. Son 276 empleados, de los cuales 65 trabajan por convertir el látex importado de Malasia en esos cilindros elásticos que, bueno, ya sabe para qué sirven.

«A nivel internacional, nuestro laboratorio de calidad participa de un estudio en el cual se comparan unos 200 laboratorios de todo el mundo entre fabricantes de preservativos, y siempre figuramos entre los 20 mejores. Para la gente que busca seguridad -retoma Felipe, que usa Tulipán Superfino y gel íntimo calor-, estamos desarrollando uno que logra incrementar la resistencia y disminuir los riesgos de rotura con un material elastomérico entre las dos capas de látex. Para la gente que busca placer, estamos diseñando materiales y sabores que permitan más sensibilidad, más comodidad y más juego. La innovación va a ser el driver del futuro.»

El condón pertenece a esa rara clase de productos que uno usa y preferiría no hacerlo. Es como la revisación médica antes de entrar en la piscina del club. Es el precio que uno paga por zambullirse. Ni aunque viéramos a Brad Pitt poniéndose uno nos parecería cool. Nos gusta la experiencia directa. El 3D. El sorround. La Nintendo Wii. Queremos que nada nos separe de la realidad, ni siquiera una delgada línea de látex. Podemos aceptar ponernos el cinturón de seguridad, el casco, pero el preservativo es el último eslabón de la cadena de tolerancia.

«Desde hace ya unos años, hay una mayor predisposición y soltura de los consumidores a la hora de animarse a vivir el placer con más libertad. Sin embargo, a pesar de que las apelaciones al sexo son cada vez más explícitas en los medios, son productos que, aún hoy, siguen representando una compra vergonzosa», explica Emilse Sica, Brand Manager de Prime Argentina. «Las variedades tradicionales, aquellas que salieron primero al mercado, aún concentran la mayor parte de la venta. El consumidor argentino es conservador. Cuando el usuario se siente cómodo con un producto, difícilmente se anime a interferir con esa sensación de seguridad. Una variedad novedosa podría implicar una sorpresa en el momento del encuentro sexual y esto puede generarle desconfianza. La mujer se desinhibió más que el hombre y toma la iniciativa de probar los geles sensuales o los kits de juegos con su pareja.»

Todo en la vida tiene su contrapartida. La borrachera viene con resaca. La existencia, con muerte. La torta de merengue, con Hepatalgina. El sexo, con forro. Podrá parecer un tiro al aire el varón argentino. Disertará en ronda de amigos sobre sus logros en la exploración del mapa femenino, sin embargo, en el rubro profilaxis es peor que tu abuela.

Para esta nota llamó a uno de los mayores consumidores de preservativos que conozco: mi hermano Felipe. En su mejor época, mi hermano usaba 30 unidades al mes (me baja la cifra a propósito, porque ahora está de novio y hace buena letra). Mi hermano será un guerrero de la alcoba, pero a la hora de envolver su tótem es un conservador. «Ni texturados, ni con tachas, ni nada de eso. Yo uso siempre los finos, que es lo más parecido a no llevar nada», cuenta Felipe, ganador y profe de tenis, con tres forros pinchados en su haber, «las tres veces por usar los de los telos». Sus innovaciones profilácticas son bastante pobres. Júzguelas usted. «En Paraguay -dice-, compré unos con gusto a frutilla. Y, una vez, me traje a casa los forros musicales. Abrís la cajita y te tocan una canción. Pero, ojo, no me animé a usarlos.»

A Rubén Danilo, , cineasta vernáculo, el forro le sale un platal. Invierte en promedio 30 forros por película. Y, una vez, en La más puta.com, los actores llegaron a desenfundar 250 ( «entre los anales, repeticiones y vaginales, cada actor gasta 10» ). Pero el tema no es el costo final de los preservativos; lo importante son las puertas que se le cierran en el exterior. Será segura la profilaxis, pero el espectador la siente como un balde de agua fría. «Perdemos el 60% del mercado porque empleamos preservativos en nuestras películas», protesta Danilo. «Unos 12 países no quieren comprarnos nuestras producciones, son 15 mil dólares que dejamos de ganar. La gente es muy tonta y quiere ver realismo, leche, culos abiertos, vaginas chorreantes, y se cagan en la vida de los actores y actrices. Así que yo no les doy bola, y no lo hago. Dejo un mensaje para los pibes que ven mi cine. Si uno solo se salva de una enfermedad porque ve a mis actores cuidando su salud, me siento satisfecho.»
Extraño país, éste. Por un lado, culo al aire en horario prime time, revoleo de tangas y debate sobre la fellatio en panel de la tarde. Por otro, una resistencia a llamar las cosas por su nombre. Paneo de trastes en programa de entretenimiento es una cosa. Ahora, erotismo hecho y derecho en un medio dedicado a eso es otro cantar.

«El argentino promedio no vive con naturalidad el sexo y su relación con el erotismo, eso lo experimento trabajando en esta revista», se lamenta Luis Güerri, editor de Playboy Argentina. «El puritanismo es todavía influyente en muchos países del mundo, aunque la influencia es más profunda aún en la Argentina. Basta con que te hagas esta pregunta: ¿cuándo fue la última vez que viste a alguien en un bar o en el subte leyendo Playboy? Por otro lado, incluso cuando toda mujer fantasea con posar para esta revista, hemos observado mayores niveles de pudor en las argentinas que en mujeres de otros países. En promedio, bastante más pacatería que la que uno podría prever.»

A pesar de todo lo malo que dicen del macho argentino y de su relación eterna con el mismo modelo de forro, están los que aún buscan que el condón sirva para algo más que para barrera contra los virus. Iván Rodríguez Duch es uno de los directores de Seducción Secreta, una de las escuelas de conquista de mujeres de más prestigio en Latinoamérica. En el aula, enseñan que el preservativo, expuesto en el momento indicado, puede sumar al cortejo. «Puede funcionar como un indicador de que tenés sexo seguido si aparecen a la vista. Salvo que se note por lo destruido que está el paquete, que lleva demasiado tiempo esperando que mojes el bizcocho en tu billetera», explica Duch, experto en la materia de bizcochos y envolturas. «En nuestra escuela, aconsejamos dejar un estuche un poco abierto abajo de la cama justo antes de salir. De esta manera, te salvás del momento corta mambo de no poder abrirlo.»

Así como gente como Iván instruye a sus estudiantes sobre el poder del macho cabrío, que tiene que exhibir oportunamente un paquete de preservativos, también hay profesoras como Paola Kullock, de la Escuela PK, que imparte clases a mujeres sobre el levantamiento de hombres y lo que sigue. «A las mujeres les enseño a poner el preservativo con la boca, un acto que puede ser muy excitante, y cómo controlar que esté bien puesto cuando el hombre se lo coloca a sí mismo.»

Para Paola el argentino concibe el preservativo como el matrimonio: ante el primer argumento, lo abandona sin mirar atrás. «Acá se deja de usar al poco tiempo, porque ‘no quiero que piense que estoy con otra persona’ o ‘es conocido/a’ o alguna excusa semejante. Ni hablar de pedir practicar sexo oral con preservativo. Parece una locura.» ¿Y qué es lo nuevo en el rubro?, se preguntará usted. Bien, veamos qué responde la Kullock. «La novedad es el que no tiene látex, excelente para las mujeres alérgicas, que somos muchas. Y, además, tiene mejor sabor. Cómo te lo explico… ¿se acuerdan de las ‘mielcitas’? Bien, tiene el mismo gusto del sachecito.»

Andahazi, novelista brillante e historiador sexual de nuestra patria, se acuerda de una campaña que, dice él, muestra bien nuestra esencia. Es una parábola de la relación del argentino con su sexualidad. Sucedió en 2005. «Cubrieron el Obelisco con un forro colosal. Esa imagen de soberbia resume nuestra propia estima. Creo que así nos perciben en el resto América latina», Andahazi sacude la cabeza. «Somos unos forros grandes como el Obelisco».

9/6/12 Fuente: La Nación20120609-214725.jpg

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