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Uno de los capítulos del libro ‘Carro de Combate. Consumir es un acto político’, de Laura Villadiego y Nazaret Castro

La práctica totalidad de los productos que consumimos generan hasta llegar a nuestras manos una serie de impactos ambientales y sociales y, si bien es cierto que tenemos cierto margen de maniobra como consumidores para reducir un tanto ese impacto, este seguirá siendo notable, sobre todo si vivimos en un contexto urbano.

En los países ricos, con altos niveles de consumo incluso en tiempos de crisis, la premisa solo puede ser la reducción del consumo, o, como algunos teóricos apuntan, el decrecimiento. Los ecologistas lo han resumido en las famosas tres erres: “reducir, reutilizar, reciclar”. Suele olvidarse, sin embargo, que esas “erres” están colocadas por orden de importancia: de nada sirve reciclar los embalajes de los alimentos si seguimos consumiendo productos cada vez más innecesariamente envueltos en plásticos y cartones.


Otros añaden una cuarta “erre”: recuperar. En las sociedades del usar y tirar, parecemos haber olvidado que las cosas se pueden arreglar cuando se estropean; es cierto que muchas veces, por una de esas paradojas imposibles del sistema económico en el que vivimos, el arreglo sale al mismo precio que el nuevo objeto. Pero tal vez, como hemos sugerido a lo largo de este libro, el cálculo nos parezca distinto si mentalmente incluimos en el precio del nuevo objeto esas externalidades que pagarán las poblaciones de los lugares donde se extrajo la materia prima y donde se manufacturó esa mercancía.

Hay, por último, algunos investigadores que suman una quinta “erre”: rechazar. Rechazar la bolsa de plástico que nos ofrece el tendero de la esquina, el vestido de rebajas que no necesitamos, la chocolatina de una marca que sabemos que utiliza mano de obra infantil, el cosmético que contiene un ingrediente que dañará nuestra piel. Rechazar los productos que perjudican el medio ambiente, los derechos laborales o nuestra propia salud supone dar un paso en contra de lo que Marx llamo la fetichización de la mercancía. Es decir, implica recuperar la conciencia de quién y cómo se hizo ese producto, de quién y cómo lo llevó hasta nuestras manos. Significa, también, volver a pensarnos como productores y como seres que participan de una enorme sociedad global, y no ya como meros consumidores que piensan únicamente en términos de preferencias y deseos, de forma irresponsable, pensando que la mano invisible de Adam Smith vendrá a resolver los desaguisados que nuestra irresponsabilidad genere.

El problema de base es que los diferentes procesos económicos –producción, circulación, distribución y consumo– se ordenan en las sociedades capitalistas en función de un único valor absoluto: el dinero. El criterio monetario es el que indica qué es lo racional, lo eficiente, incluso lo posible. Con unos criterios tan reduccionistas, no sorprende que las sociedades contemporáneas acaben tomando decisiones tan irracionales desde el punto de vista de la conservacion de la vida como la obsolescencia programada o la proliferacion de embalajes que permanecen unos minutos en nuestras manos y cientos de años en el fondo de los océanos.

El sistema capitalista, que se justifica y legitima como eficaz y eficiente, resulta así, por el contrario, profundamente despilfarrador de unos recursos naturales que son cada vez más escasos. Es la contradicción siempre latente en un sistema socioeconómico que requiere para su supervivencia de un crecimiento del PIB infinito, en un mundo donde los recursos son finitos. Es verdad que la naturaleza tiene una enorme capacidad de recuperación, pero no, desde luego, a los frenéticos ritmos que impone la economía global del siglo XXI.

El despilfarro

La obsolescencia programada es, tal vez, el mejor y más lamentable ejemplo de este derroche. Es mucho más que un secreto a voces: los productos se fabrican intencionalmente para que duren menos de lo que podrían y deberían. La finalidad es obvia: que se consuma más. Pero implica también un gasto mucho mayor de recursos naturales, de transporte, de mano de obra sobreexplotada. Un despilfarro absoluto. Prendas de ropa o zapatos que no duran más de una temporada, aparatos electrónicos que se estropean un día después de que se venza la garantía; la lista es larga y abarca practicamente todo lo que compramos.

El documental Comprar, tirar, comprar da algunos ejemplos históricos, como el de la bombilla incandescente. La primera bombilla que Thomas Edison puso a la venta, en 1881, duraba 1.500 horas; unos años después, podían funcionar más de 2.500 horas. Fue en 1924 cuando un cártel de empresas fabricantes europeas y estadounidenses decidió pactar en mil horas el máximo de vida útil de sus bombillas. El mismo razonamiento llevó a las empresas del ramo textil a quitar de la circulación las medias a prueba de carreras. Otro ejemplo clásico: las impresoras configuradas para
dar error al numero equis de impresiones. Lo mismo ocurre con teléfonos moviles, ordenadores, equipos de sonido y cualquier aparato electrónico. Y eso, en un mundo en el que reparar un bien cualquiera sale, casi siempre, más caro que comprar uno nuevo. Otro ejemplo de la lógica irracional que mueve el engranaje de nuestras economías.

En los últimos años se ha impuesto, además, otra forma de obsolescencia: la obsolescencia percibida, que impulsa a los consumidores a cambiar de aparato antes de que termine su vida útil. La publicidad y el marketing, a través de la creación de modas y nuevos deseos, infunde en los consumidores un deseo por lo nuevo, por lo último; ya no es necesario que sea mejor, solo más nuevo. Sin importar el reguero de consecuencias que esos productos dejen a su paso: se promueve la irresponsabilidad absoluta por parte del comprador y vendedor. Solo importa el bien que reluce en las estanterías o los escaparates; nada parece relacionar esa mercancía con el trabajador que la produjo o el transportista que la llevó hasta allí. A eso se refería Karl Marx cuando hablaba del fetichismo de la mercancía.

Un claro ejemplo de esa obsolescencia incitada desde la publicidad lo dio en 2013 la campaña “Creando olores a nuevo” de Vodafone, que consiguió el segundo Premio Sombra a la peor publicidad del año en 2014, concedido por Ecologistas en Acción, por la banalidad e impunidad con
la que incita a estrenar un smartphone cada año, por el mero placer de estrenar. Sin importar de dónde salió el coltan, dónde y cómo se fabricó el teléfono o dónde irá a parar la chatarra prematura del aparato descartado. Lo único relevante para la publicidad de Vodafone es lo bien que huele lo nuevo, lo agradable que es estrenar objetos que no necesitamos.

Con la comida no se juega

Lo más lamentable es que, en un mundo donde, según la FAO, en torno a 900 millones de personas pasan hambre y sufren malnutricion, los alimentos también son objeto de despilfarro, como avanzábamos al comienzo de este libro. Según el informe de la FAO Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo, de 2011, alrededor de 1.300 toneladas de comida se desperdician cada año. La situación no es mejor en España: el consultor social Manuel Bruscas asegura que entre tres y cuatro millones de españoles pasan hambre, en un país donde se tiran nueve millones de toneladas de comida al año, 135 kilos de alimentos por persona. Un 60% de ese desperdicio viene de fabricantes y supermercados; un 20%, de los hogares, y otro tanto, de restaurantes, colegios y similares. El desperdicio ha sido impulsado además por las políticas europeas de agricultura y pesca con sus sistemas de subsidios y cuotas.

En el mar, cofradías de pescadores españolas han denunciado que entre un 25 y un 30% de las capturas se devuelven al mar muertas. A nivel mundial, entre 15 y 20 millones de toneladas de pescado se tiran al mar cada año, según la FAO. En los supermercados, cada día se desechan enormes cantidades de fruta y alimentos frescos en perfectas condiciones. Los factores para que así sea son muchos, pero uno de los más importantes es la imagen: los distribuidores asumen que los consumidores prefieren ver los estantes de frutas y verduras repletos y que optarán por manzanas y lechugas de apariencia impoluta, lo que supone, ya de por sí, descartes de kilos de fruta en perfecto estado. Por no hablar de los inverosímiles procesos de embellecimiento de las frutas a las que son sometidas para aparentar un mejor aspecto.

Una de las iniciativas más conocidas en España para poner límites a ese despilfarro son los bancos de alimentos, que, desde la crisis, son más celebres por su función de reparto de comida a familias necesitadas. En Guipuzkoa, la iniciativa comenzó recogiendo los alimentos perecederos de los hipermercados a última hora del día, para repartirlos la mañana siguiente. En cuatro meses y acudiendo a solo dos supermercados, recogieron 22 toneladas de alimentos, un éxito que garantizó continuidad al proyecto.

En otros países existen este tipo de iniciativas, con el nombre de Last Minute Market. En algunos países, el hipermercado inclusive paga para que se recojan y clasifiquen sus desperdicios. En Asia es normal que los supermercados se llenen a ultima hora del día, cuando los alimentos que están a punto de pasarse de fecha son vendidos con importantes reducciones de precio, para evitar el despilfarro.

Demasiado embalaje

Otro problema de gran envergadura son los embalajes, que, como veremos, originan gran parte de la basura que generamos. La mayor parte de los productos que consumimos están envueltos en varios plásticos y cajas. Cada día, los establecimientos tipo McDonald’s o Starbucks, donde se utilizan vasos y cajas descartables, se van imponiendo en nuevos lugares del mundo, aumentando así el volumen de basura que generamos y, sobre todo, de plástico. La gran pregunta es por qué seguimos abusando de los plásticos no reciclables cuando, además, existen alternativas biodegradables; eso, por no hablar de las tradicionales formas de venta a granel y reutilización de los envases. Una vez más, mandan los intereses económicos cegados y cortoplacistas.

Aunque de modo muy incipiente, van surgiendo algunas alternativas. Es el caso de un supermercado alemán que decidió declararle la guerra al packaging: cansadas de ver a su alrededor el impune abuso de ingentes cantidades de plástico, cartón y otros materiales que utiliza la industria, dos jóvenes emprendedoras alemanas fundaron un supermercado que no utiliza envases desechables: ninguno. Ellas son Milena Glimbovski y Sara Wolf, y su idea la han bautizado como Original Unverpackt (Embalaje Original). Dicen estar en el camino del slow food y la basura cero, y se muestran vigilantes ante las “palabras de moda sobre conciencia ecológica que algunas marcas utilizan para despistarnos”.

Desechos y vertederos

El grueso de ese despilfarro cotidiano termina convertido en basura. Las estimaciones recabadas por la ONU señalan que en el planeta se generan 53 millones de toneladas de residuos al año; 200.000 de las cuales corresponden a España. Buena parte de ese despilfarro viene directamente de los hogares: según un estudio del Banco Mundial de 2012, cada día se generan 3,5 toneladas de residuos solidos en los hogares de todo el planeta, y todo apunta a que esa cifra seguirá creciendo. En España, según cifras de Ecologistas en Acción, cada ciudadano genera una media de un kilo de basura al día: 365 kilos al año de Residuos Solidos Urbanos (RSU) que van a parar a vertederos e incineradoras. Los envases y embalajes, en su inmensa mayoría después de un único uso y a menudo fabricados a partir de materias primas no renovables, suponen el 60% del volumen y el 33% del peso de esa basura. Una parte de esos residuos son, además, altamente tóxicos: se trata de los residuos de pinturas, insecticidas, disolventes y productos de limpieza. Las soluciones más habituales son llevar esa basura a vertederos, donde ocupan grandes terrenos y ensucian suelos y aguas, o bien incinerar la basura, un proceso que es también muy contaminante.

Basura que ahoga los océanos

El mar se lleva la peor parte y, si bien algunas voces, como la del biólogo estadounidense Mike Moore, llevan alertando del creciente problema que plantean los residuos en el mar, no ha sido hasta el siglo XXI que esta preocupación ha comenzado a tomarse en serio. Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), cada año acaban en el mar 6,4 millones de toneladas de residuos generados por los seres humanos. El 80% de ellos proceden de la tierra, sea de aguas residuales sin depurar, de lo que baja de los ríos o de la basura que se generan en las poblaciones costeras. Por la acción de las corrientes marinas, esos desperdicios, sobre todo plásticos, terminan acumulados en varios vertederos marinos gigantes que flotan sobre los océanos. El mayor de ellos es la sopa de plástico del océano Pacifico: su superficie alcanza ya los 1,5 millones de kilómetros cuadrados. Tres veces la superficie de España.

Las últimas investigaciones han demostrado que la basura está ahogando los mares. Se encuentra en la superficie, a pocos metros de la costa, y se encuentra también a mil metros de profundidad y a dos mil kilómetros del litoral. En el fondo de los océanos hay de todo: latas, bicicletas, lavadoras.

Los desechos de nuestra civilización opulenta y derrochadora terminan allí, en las profundidades marinas. El plástico está por todas partes: representa el 41% de la basura que permanece en los océanos, frente a un 34% que corresponde a las artes de pesca. Pero también flotan entre las aguas ropas, madera y un larguísimo etcétera. Algunos microplásticos son especialmente peligrosos, porque en su proceso de fotodegradación concentran sustancias tóxicas que acaban en el organismo de peces, aves marinas o zooplancton. Otros residuos, como el vidrio o las latas, provocan cortes, o ahogan, como las anillas de plástico. “La basura marina está matando hoy más animales que el cambio climático”, concluye Mike Moore. La Agencia estadounidense de Medio Ambiente calcula que 267 especies marinas consumen por error ese tipo de residuos. Es lo que, en las célebres imágenes tomadas en 2009, puso en evidencia el fotógrafo Chris Jordan, al mostrar lo que los albatros tenían en sus estómagos. El mismo drama se evidenció en 2012 cuando, en las costas de Granada, se encontró un cachalote de diez metros que contenía en su organismo 18 kilos de plástico. Como si una persona hubiese ingerido cincuenta bolsas de plástico.

Según datos de Greenpeace, el 10% de los 225 millones de toneladas de basura que se generan cada año a nivel mundial acaba en el mar. Muchos de esos residuos tardan cientos de años en biodegradarse: las compresas y pañales, un cuarto de siglo; una lata de refresco, entre 200 y 500 años; las anillas de plástico que tantos accidentes provocan entre los animales marinos, unos 450 años; una simple bolsa de plástico, de 35 a 60 años. Por no hablar de los miles de años que puede permanecer en el mar una botella de vidrio. Si tenemos en cuenta además que en las aguas las labores de limpieza son muy difíciles y siempre insuficientes, la única consigna valida es reducir, hasta erradicarlos totalmente, esos vertidos marinos.

Quienes menos consumen respiran nuestra basura

¿Adónde van los móviles, ordenadores, microondas o frigoríficos viejos? ¿Qué pasa con estos aparatos una vez que los hemos tirado a la basura, o incluso a “reciclar”? El camino que recorren no está del todo claro, pero de lo que no cabe duda es de que hay varios lugares en el mundo en los que toda esta basura tecnológica se acumula desde hace años. El más claro ejemplo es el llamado basurero tecnológico de Agbogbloshie, en Accra (Ghana) donde, según algunos estudios, existe una contaminación por plomo, cadmio y otros contaminantes perjudiciales para la salud que supera en más de 50 veces los niveles libres de riesgo. Lo decía claramente un informe de 2013 realizado por la Green Cross Switzerland y el Blacksmith Institute en el que recogían las diez mayores amenazas toxicas del planeta. Es decir, los diez lugares más contaminados del mundo.

Uno de ellos, sin duda, es este basurero, que oficialmente se califica eufemísticamente de “area de procesamiento de basura tecnologica”. Llegan cada año miles de toneladas de residuos tóxicos, teóricamente para ser procesados; en realidad, llegan mezclados materiales de todo tipo, entre ellos, frigoríficos, microondas o televisiones. Algunos de esos residuos son tan contaminantes que requerirían de la cualificación y protección de los trabajadores, algo que está muy lejos de ocurrir en Agbogbloshie. Pero este lugar no es apenas un basurero: es un asentamiento informal con zonas industriales, comerciales y residenciales. Una zona en la que los metales pesados que se expulsan de estos procesos de quema llegan a las casas y mercados.

Según el citado informe, Ghana importa cada año unas 215.000 toneladas de residuos tecnológicos, principalmente desde Europa del Este. De ellas, aproximadamente la mitad puede ser reutilizada inmediatamente, o reparada y vendida, pero el resto del material es reciclado de forma barata, a costa de contaminar la tierra que los recibe y perjudicar la salud de quienes trabajan con ellos. Un ejemplo paradigmático es el de los buscadores de cobre, que queman las fundas que recubren los cables para conseguir el cobre del interior. Para quemarlos utilizan un tipo de espuma, altamente contaminante, expulsando al aire libre todos sus contaminantes. Chatarra, fogatas y humo de gran toxicidad, pero que dan de comer a muchos de quienes allí habitan. No extraña entonces que el centro de Accra esté repleto de puestos que venden a bajo precio todo tipo de aparatos eléctricos, buena parte de ellos de segunda mano. Algo muy parecido ocurre en otros países de la región, como Zimbabwe, donde se afronta una crisis medioambiental provocada por las deficiencias del sistema de gestión y eliminacion de esos desperdicios.

Todo ello a pesar de la existencia de tratados internacionales, como la Convención de Basilea, que restringe los movimientos transfronterizos de desechos, y el acuerdo que se suma al firmado ya en 1993, en Bamako, sobre el mismo tema. Acuerdos que establecen condiciones, cantidades y criterios para verificar si la exportación de basuras se está haciendo bien. Sin embargo, para los países más desarrollados sale mucho más barato deshacerse de ellos en algún puerto remoto de África que seguir las estrictas normas de reciclaje que ellos mismos se han autoimpuesto pero que casi nadie quiere cumplir. Para los receptores, por su parte, esta es una supuesta fuente de riqueza de la que viven muchas personas, a pesar de los riesgos y problemas que conlleva para su salud. Una solución, en definitiva, que conviene a muchos y que no termina de regularse. La paradoja aparente es que son los países que menos residuos generan, por el acceso restringido que tienen al consumo, los que acumulan la basura que el mundo rico exporta.

Pero las irregularidades en la gestión de los desechos no solo suceden en territorios lejanos. En julio de 2014, la Comisión Europea denunció a España ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea por mantener abiertos 28 vertederos ilegales que deberían haberse cerrado en 2009.

La basura como negocio

La basura es un negocio en alza: según la Comisión Europea, una correcta gestión de los recursos supondría un negocio anual de 42 mil millones de euros y crearía más de 400.000 puestos de trabajo. Según datos de Eurostat sobre el reciclaje de basura de embalaje en 2011, Bélgica, un país en el que la separación de basuras es obligatoria y además está muy controlada, se sitúa a la cabeza con un 80,2%; le siguen países como Holanda (71,9%), Alemania (71,8%) o Irlanda (70,9%). España llegó ese año al 64,4%, una cifra muy superior al 39,8 % de 2000.

Sin embargo, el reciclaje es un proceso costoso en términos energéticos. Aunque imprescindible, no resuelve el problema de base. Se trata, en fin, de aplicar las famosas tres erres y erradicar de nuestro consumo mercancías absolutamente prescindibles y dañinas, como las botellas de plástico. Aunque nos las regalen.

Los ecologistas subrayan también la importancia de separar los residuos orgánicos, que suponen entre el 40 y el 45% de nuestra basura. Si se separan en origen, podrían convertirse en abonos para agricultura, suelos y reforestaciones; sin embargo, mezclado con el resto de la basura, esos residuos fermentan de forma no controlada y producen metano, un gas con 25 veces más efecto invernadero que el dióxido de carbono.

Una reflexión final. La rebelión de los límites

A lo largo de este libro, hemos intentado ofrecer una información, siquiera somera, de algunos de los productos que conforman nuestra cesta básica de consumo, para llegar a una conclusión general: tenemos en general poca, poquísima información sobre lo que consumimos. La etiqueta suele ofrecer información parcial y a veces confusa, cuando no contradictoria con el marketing del envasado que ensalza la salubridad de productos que no son tan benignos para nuestra salud. Los alimentos que compramos suelen aparecer bajo varios envoltorios de plástico que terminan en gigantes vertederos flotantes en los océanos. Los productos electrónicos que adquirimos están fabricados para durar poco y terminan en los vertederos de residuos que exportamos a esa África olvidada que habitan millones de seres humanos excluidos de las ventajas del capitalismo, pero principales víctimas de sus externalidades negativas. Nuestra basura opulenta termina en la tierra de los desheredados, allí donde no molestan a quienes provocan esa acumulacion ingente de residuos. Como si el planeta entendiese de fronteras, como si la Tierra tambien fuese corrompible. Como si también a ella se le pudieran comprar sus favores para garantizar que la furia de la naturaleza no atravesara los muros cada vez más altos, cada vez con más espinas, de la Vieja Europa.

Las corrientes de la Economía Ecológica y la Ecología Política insisten en la necesidad de “internacionalizar las externalidades”, esto es, incluir en el cálculo económico esos impactos económicos y sociales que, como hemos visto, no entran en los balances de las empresas y son sistemáticamente invisibilizados. Pero apuntan además al principio de inconmensurabilidad: cuando hablamos de daños a la naturaleza, hay muchas cosas que no se pueden medir, a las que no se puede aplicar un valor en dólares o euros. Son esos mismos autores, con nombres relevantes como el del economista catalán Joan Martinez Alier, los que acuñaron el término deuda ecológica, para referirse al hecho incuestionable de que, en el mundo globalizado, ciertos países o grupos sociales privilegiados se apropian en exceso de la biomasa de su producción biológica, o contaminan más allá de sus capacidades de procesar los contaminantes. Europa importa las materias primas que necesita y exporta la basura que le incomoda.

¿Quién debe a quién?

Este interrogante, siempre oportuno y perturbador, fue el título escogido por Martínez Alier y Arcadi Oliveres para un ensayo publicado en 2003 en el que hablaban de la deuda ecológica que, desde hace cinco siglos, los países del Norte han ido contrayendo con los mal llamados países subdesarrollados, al extraer sus recursos naturales y comprarlos a precios subvaluados. Vale para los tiempos de la colonia y sigue valiendo para hoy: los precios de las materias primas no reflejan el coste real que para el planeta supone ese expolio. El comercio internacional en la época de la globalización se sostiene por la desigualdad del intercambio; en otras palabras, el precio de las commodities refleja el esquema del dominio –político y militar, pero también cultural– de unas naciones sobre otras. Y un eje fundamental de ese mapa del poder es la deuda externa, que en muchos países de África y América Latina asfixia las cuentas nacionales al punto de inhibir cualquier intento de salirse de esos parámetros establecidos, por injustos que sean.

Lo que postulan Martínez Alier y Oliveres es que se puede –y se debe– realizar un análisis comparativo y conmensurable de la deuda externa, percibida como un proceso multidimensional: ético, político, económico y social. Los autores concluyen que, si así se hiciera, la deuda externa estaría cancelada con creces, y critican duramente la hipocresia de quienes obligan a los países pobres y atenazados por la deuda externa a “apretarse el cinturón donde muchos tienen ya el estómago vacío”. La miseria conducirá a esas naciones a continuar una sobreexplotación creciente de la naturaleza y, aún tendrán que soportar estos países que, con grandes dosis de cinismo,desde Europa y los Estados Unidos se les dé lecciones de cómo conservar sus ecosistemas, mientras, por cierto, les inundan con basura exportada.

Las asimetrías de poder en el tablero global del siglo XXI generan una injusta distribución de los costes y beneficios del desarrollo: el Norte extrae los recursos de países lejanos, disfruta del consumo de los bienes que se producen con esas materias primas, y después envía lejos sus desechos. El Sur sufre las consecuencias de ese saqueo medioambiental –la continuación, la destrucción de formas ancestrales de vida–, pero sigue pobre, forzosamente austero y, muchas veces, desesperadamente hambriento. De algún modo, el poder político hoy reside en la posibilidad de dejar lejos de un país –o una región, o un grupo social– las externalidades negativas ambientales, es decir, esas consecuencias de las actividades económicas que nunca se incluyen en los balances de costos y beneficios.

Los daños medioambientales son difíciles de calcular, porque son esencialmente inconmensurables, pero se pueden hacer estimaciones. De hecho, en 2007, el Ministerio de Medio Ambiente publicó un estudio detallado de la huella ecológica en España, que concluía que España estaba en una situación de déficit ecológico. El informe desgrana los índices de biocapacidad y consumo en las diferentes regiones del país y concluye que, con una huella ecológica de 6,25 hectáreas por persona y año, España está entre los países europeos más deficitarios de Europa en términos medioambientales. También resultan interesantes las mediciones de la New Economics Foundation (NEF), que concluyen que, en 2012, España entró en deuda ecológica el 21 de abril, esto es, que para ese día ya había consumido todo su “presupuesto ecologico”. Según la NEF, España mantiene un consumo 3,25 veces mayor que su biocapacidad, gasta más recursos de los que produce y emite más dióxido de carbono del que absorbe.

En ninguno de estos dos casos, sin embargo, se vincula la deuda ecológica con la deuda externa o el comercio internacional: el concepto de deuda ecológica se aplica a un país, considerado aisladamente y en un momento histórico determinado, como una foto fija. De ese modo, el término se despolitiza y pierde su potencialidad para repensar la deuda externa de los países pobres y, en general, para afrontar un abordaje sistémico. Pero la deuda siempre es en relación con alguien: si los ciudadanos españoles se exceden en el uso de los recursos naturales, lo hacen a costa de las próximas generaciones y de quienes consumen por debajo de sus posibilidades en términos de biocapacidad en otras partes del mundo. La única solución moralmente aceptable es la inmediata condonación de la deuda a los países del Sur y, en el caso de España y otros países europeos, una petición de disculpas acorde a la dimensión del daño histórico perpetrado en África y América Latina, y un comportamiento futuro coherente con esa aceptación de las responsabilidades pasadas y presentes. Un primer paso sería acabar con la injusticia criminal con la que los países ricos obligan al Sur a abrir sus fronteras a nuestras manufacturas, al tiempo que les inundan de productos agrícolas subsidiados que asfixian la agricultura local.

Hacia otra economía posible

La destrucción de la naturaleza no es un fenómeno reciente; durante siglos los recursos se han extraído sin preocuparse demasiado por el impacto que esto podía suponer en el entorno. Desde los años 70 del siglo XX, la preocupación por el deterioro ambiental está en la agenda de los movimientos sociales y, desde tiempos más recientes, de los gobiernos, pero los intereses económicos no han permitido hasta ahora cambios de gran calado para revertir el irresponsable despilfarro que ha generado la sociedad industrial, no solo en su forma capitalista, sino también en los “socialismos reales” del siglo XX.

Sin embargo, en los últimos años se sienten vientos de cambio. Tal vez la novedad es que ahora, como dice el filosofo Franz Hinkelammert, asistimos a la rebelión de los límites, a la naturaleza que se subleva contra nuestro codicioso expolio con las poderosas armas de las que dispone –las tormentas, los huracanes, los elementos–. Ahora sabemos que el ser humano morirá de éxito y de vanidad si no se da cuenta a tiempo de que algo está errado en el modo con que se relaciona con la naturaleza, y con nuestra propia concepción de las sociedades que queremos habitar. No crecemos para satisfacer nuestras necesidades: crecemos para crecer, sin más. Producimos cosas fabricadas para estropearse antes de tiempo con el único objetivo de que las sociedades opulentas gasten más y más, mientras buena parte de los seres humanos que habitan la Tierra siguen pasando hambre y privaciones. Como gritan las pancartas de los manifestantes de medio mundo, tomando la frase de Mahatma Gandhi, el planeta tiene recursos para satisfacer las necesidades de todos, pero no la codicia de algunos.

Hinkelammert propone la alternativa: una economía que gire alrededor de la vida y no del capital; una organización política y social que garantice la reproducción de la vida ampliada de todas y todos los miembros de la sociedad. Ese cambio de paradigma, esa transición desde el sistema capitalista hacia otra economía posible, supondría recuperar el papel del dinero como un simple medio facilitador del trueque, y no como un fin en sí mismo que determina el devenir económico. Supondría atender a las necesidades humanas, y no apenas a los deseos y preferencias, como si fuese más importante garantizar un nuevo coche al que pueda pagárselo que dar de comer al que muere de hambre.

Vivimos un momento de transición en el que lo nuevo no termina de nacer, y lo viejo no termina de morir. Pero esa otra economía, ese otro mundo posible ya está en marcha, inscrito en las iniciativas que en todo el mundo proponen sustituir la lógica de la competencia por la de la solidaridad –cooperativas, consumo colaborativo, redes de trueque, bancos de tiempo– y apuestan por recuperar la relación entre la ciudad y el campo. Las propuestas de la Economía Social y Solidaria son mucho más que alternativas en tiempos de crisis: comportan el germen de una transformación cultural que deja entrever la posibilidad de una sociedad más justa. Todo está dispuesto para el cambio, y la consciencia alrededor del consumo puede ser un acicate para que cada uno de nosotros nos convirtamos en sujetos activos de ese cambio.

La transformación social solo puede ser el resultado del cambio de mentalidad, y no al revés. Por eso en Carro de Combate creemos que, si el consumo es un acto político, la primera batalla es la de la información.

Sobre Mario Vadillo

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