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UN MUNDO DE BAJO CONSUMO.

Primero vaciló: “Ella es tan cálida… Y me acompaña desde siempre”. Comparó: “La otra me va a salir mucho más cara”. Aunque, en realidad, “…es mucho menos gastadora”. No podía decidirse. Tal vez tendría que consultar a un psicólogo, pero no, mejor es recurrir a Página/12, donde, en esta nota que ya empezó a leer, obtendrá todos los datos para decidirse entre la lámpara de bajo consumo y la lámpara convencional.

Según los expertos consultados, los costos favorecen al bajo consumo: cada lámpara podría permitir un ahorro de 13 pesos al año. Eso sí, no conviene ponerlas en lugares donde habrán de estar encendidas por lapsos breves, como los baños. Lo mejor es discernir cuáles son, en la casa, las lámparas que más se encienden -no suelen ser más de dos- y empezar por cambiar ésas. Un problema es que no todas las marcas que hay en el mercado son eficientes, y algunas podrían causar cortocircuitos: mientras el Estado no implemente los controles adecuados, es mejor recurrir a las marcas más reconocidas. En caso de que una de estas lámparas se rompa, hay que tomar unas sencillas precauciones porque presentan toxicidad, y para cuando empiece a finalizar su larga vida el Estado debería haber cumplido en organizar programas para su reciclado, ya que no tendrían que ir a la basura común. Para el país, el ahorro obtenido por el recambio de lamparitas equivaldría a la generación completa de Atucha 1; según los expertos consultados, “la Argentina debe recuperar un enorme atraso en el uso eficiente de la energía”.

Un argumento de verano a favor de las bajo consumo consiste en recordar que el filamento metálico de las lámparas convencionales (incandescentes) se calienta a 2200 grados centígrados, que van a disiparse en el ambiente. Precisamente el secreto de la eficiencia de las lámparas fluorescentes consiste en que, mientras las incandescentes pierden en calor el 90 por ciento de la electricidad que consumen, éstas, al revés, traducen el 90 por ciento de la energía en luz. Para lograrlo, el interior de la lámpara contiene un gas de mercurio que, por efecto de la electricidad, emite luz visible y ultravioleta; esta última es a su vez transformada en luz visible por las moléculas de fósforo que revisten la cara interior del vidrio.

Esta mayor eficiencia permite lograr la misma intensidad de luz con la quinta parte del consumo: así, una lámpara fluorescente de 20 vatios puede entregar la misma luz que una incandescente de 100; la equivalencia está habitualmente incluida en el etiquetado del producto. La segunda ventaja de las fluorescentes es una mayor duración, que llega a 6000 horas, contra menos de 1000 horas para las incandescentes. La mayor sofisticación de las fluorescentes se traduce en un mayor precio. Una lámpara que equivale a 100 vatios, de primera marca, se compra por entre 14 y 16 pesos en supermercados; la incandescente está en unos dos pesos. Poniendo en relación el mayor rendimiento con la diferencia de precio, el consumidor lograría un ahorro de unos 13 pesos por año por cada lámpara, admitiendo que la tenga encendida seis horas por día (ver recuadro).

Sin embargo, no en todos los casos conviene la fluorescente: “No es muy adecuado poner estas lámparas en un baño, donde van a estar prendidas poco tiempo: primero porque suelen tardar varios minutos en emitir la máxima luminosidad; pero también porque el encendido y apagado frecuente reduce su vida útil”, advierte Mario Brugnoni, director del Grupo de Energía y Ambiente de la Facultad de Ingeniería de la UBA. Jeremías Aryan, coordinador de marketing de General Electric, señaló que “conviene no apagar estas lámparas antes de las tres horas de uso”.

Si el encendido y apagado frecuentes las perjudica, ¿puede ser preferible dejar prendidas estas lámparas aunque uno salga de la habitación? A esta pregunta (tonta) del cronista, Brugnoni contesta: “No. Eso sería como el que compra mermelada diet y se come un frasco entero”. Según Pablo Brener, jefe de producto de la empresa Philips, “la duración de las lámparas no disminuye con una frecuencia normal de cinco o más encendidos por día”. Por otra parte, “no es cierto que una lámpara consuma más energía si se prende y apaga varias veces; en rigor, las fluorescentes consumen menos mientras van encendiéndose”, observa Carlos Tanides, responsable del Programa Cambio Climático y Energía de Fundación Vida Silvestre.

De todos modos, decir adiós a las lamparitas incandescentes que a uno lo acompañaron toda la vida no es tan fácil. Para aproximarse a esa calidez maternal del tungsteno, las fluorescentes también vienen en color “cálido”, a igual precio que el “frío” o el “neutro”. Y no hay por qué cambiar todo de golpe: “Si uno se pone a contar las lamparitas de su casa, se sorprenderá de cuántas hay -comenta Tanides-, pero las que se usan mucho no suelen ser más de dos: hay que empezar por ésas. La clave del éxito de estos programas de reemplazo es cambiar las que estén más tiempo en funcionamiento”.

Decidida la lamparita, hay que elegir la marca. “Es muy importante que las lámparas que el Estado distribuya (y las que el consumidor adquiera) sean de buena calidad: si se queman enseguida o iluminan poco, el usuario va a descreer de la tecnología, siendo que, cuando la calidad es razonable, esta tecnología funciona”, observa Tanides. En la Argentina no se producen actualmente lámparas de bajo consumo; prácticamente todas vienen de China, pero con muy distintos niveles de calidad. El problema es que “a diferencia de otros países, donde no se permite importar equipos de calidad defectuosa, acá no hay en principio ningún tipo de control”, deplora Tanides. Mientras tanto, es posible atenerse a los resultados del ensayo efectuado por el INTI hace más de un año (ver nota aparte). A grandes rasgos, y mientras el Estado no provea controles que sirvan de base para una efectiva competencia de precios, sólo queda encomendarse a las marcas que mejor dieron en el testeo, que son las más reconocidas y suelen ser las más caras.

A esta altura de la nota, el lector-usuario ya está cambiando su lámpara y cuenta con no tener que volver a hacerlo por dos o tres años. Pero, por más durable que sea, alguna vez se va a terminar. Y aquí se hace presente un defecto del plan de recambio: no dispone sobre el destino final de las lámparas usadas, que, si bien en muy baja cantidad, contienen un producto tóxico que es el mercurio. “En general, los países que plantean el recambio lo acompañan con sistemas de recolección de las lámparas, para que no terminen en los rellenos sanitarios, de donde pasan al ambiente”, advierte Pablo Bertinat, docente en la Universidad Tecnológica Nacional y titular de la ONG Taller Ecologista, de Rosario (ver aparte). Y para el caso, improbable, de que la lámpara se rompa, convendrá tomar recaudos específicos (ver recuadro).

Hasta aquí, el cuadro de situación para el usuario. Pero, ciertamente, el objetivo del programa de recambio de lámparas es contribuir al ahorro energético de la sociedad. “El programa de recambio de lámparas se inscribe en el Plan Nacional de Eficiencia Energética, que se anunció en diciembre pasado y que, por lo menos en los papeles, parece muy bueno”, señaló Tanides. Según advirtió Brugnoni, “la Argentina tiene un enorme atraso en cuanto al uso eficiente de la energía. Brasil enfrenta la cuestión desde hace 15 años; México también”.

En realidad, los planes de ahorro de energía empezaron y funcionan en los países más desarrollados: “Está demostrado que ahorrar energía resulta mucho más económico que generar energía adicional. Desde hace 25 años, los países desarrollados tienen políticas fuertes en este sentido: por el beneficio económico y, claro, por la cuestión ambiental”, desde la Fundación Vida Silvestre comentó Tanides y mencionó dos ejemplos.

El primero, casi anecdótico, muestra bien la falta de preocupación por la eficiencia energética: “Se trata de los tubos fluorescentes comunes: hay dos modelos, uno más grueso, llamado T 12, y otro más fino, el T 8; cuestan lo mismo, dan la misma cantidad de luz, pero el T 8, el más fino, consume un diez por ciento menos, 36 vatios en vez de 40. En otros países, el T 12 está simplemente prohibido; en la Argentina se venden los dos”.

El segundo ejemplo suministrado por Tanides tiene alcances más vastos: “Para los usuarios residenciales de Edenor y Edesur, hay dos tipos de tarifa: la T1 R1 tiene un costo de aproximadamente ocho centavos el kilovatio/hora: es para quienes consumen menos de 300 kilovatios por bimestre; a los que consumen más se les aplica la tarifa T1 R2, con un precio de cuatro centavos por kilovatio. Es una locura, está en contradicción con el plan de ahorro de energía: a los que consumen más, se los premia”.

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