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Seis consejos para combatir el consumo de tabaco y sal y para que los chicos hagan gimnasia.

Qué deben hacer las ciudades para tener habitantes más saludables.

Seis consejos para combatir el consumo de tabaco y sal y para que los chicos hagan gimnasia.

Hasta el año pasado, los residentes de Albert Lea, una ciudad del estado de Minnesota, en EE. UU., eran muy saludables. Pero de pronto, la ciudad de convirtió en la primera en suscribirse al Proyecto AARO/Blue Zones Vitality, inspirado por el escritor Dan Buettner cuya obra “The Blue Zones” (2008) detalla los hábitos higiénicos del pueblo más longevo del planeta. El objetivo del autor era brindar los mismos beneficios al promedio estadounidense y, más que obligarlos a hacer ejercicios y seguir una dieta, lo que propuso fue modificar los entornos cotidianos para favorecer un estilo de vida más saludable.

 Lo que ocurrió después fue una transformación urbana. La ciudad inauguró nuevos caminos que comunicaban regiones, las zonas residenciales con escuelas y centros comerciales; construyó un sendero recreativo alrededor de un lago y abrió jardines comunitarios. Los restaurantes implementaron modificaciones saludables en sus menúes; las escuelas prohibieron comer en sus pasillos (limitando la oportunidad de los chicos para consumir comida chatarra) y dejaron de vender dulces para recaudar fondos (ahora venden guirnaldas). Más de 2.600 de los 18.000 residentes de la ciudad se ofrecieron como voluntarios para abrazar alguna de más de una docena de medidas conducentes a mejorar el estado cardiovascular y así, por ejemplo, desecharon los platos de gran tamaño (que invitan a servir porciones más grandes) y organizaron “autobuses escolares pedestres” para llevar a sus hijos caminando a la escuela.

Los resultados fueron asombrosos. En apenas seis meses, los participantes perdieron (en promedio) alrededor de un kilogramo y medio, mejorando en 3,1 años su expectativa de vida. Sin embargo, lo más impresionante es que la demanda de servicios médicos disminuyó por primera vez en una década, en un 32 por ciento a lo largo de 10 meses. Por supuesto, los beneficios no se limitaron a los voluntarios pues, gracias a la influencia de un red social, señala Buettner, “hasta los más reacios a participar terminaron modificando conductas”.

¿No es hora de seguir el ejemplo de Albert Lea? Los programas de dietas y ejercicio suelen fracasar no por falta de fuerza de voluntad, sino porque la sociedad en que nos desenvolvemos favorece las conductas insalubres. En 2006, las enfermedades cardíacas tuvieron un costo de US$ 403.000 millones en facturación médica y pérdida de productividad en EE. UU.; y se espera que hacia 2025 el envejecimiento de la población actual incremente el total en hasta 54 por ciento. Los programas creativos podrían impedir estos incrementos y también favorecer nuestros corazones. Algunas sugerencias:

Publicar mayores advertencias en los paquetes de cigarrillos. Es fácil ignorar una leyenda estampada en el dorso de un paquete de cigarrillos, advirtiendo de los riesgos para la salud. Pero no es igual de fácil pasar por alto la imagen de extremidades gangrenosas, corazones enfermos o torsos abiertos durante una autopsia. Tales son, justamente, las imágenes que el Gobierno ordenó imprimir en los paquetes de cigarrillos que se venden en Brasil y en Canadá, y que deben abarcar por lo menos la mitad del paquete. En 2001, año en que entró en vigor la ley canadiense, un 38 por ciento de los fumadores que trataban de dejar el hábito citó como aliciente esas imágenes. Debemos considerarlas como parte de la verdad publicitaria.

 Patrocinar “contratos de compromiso” para dejar de fumar. El economista Dean Karlan (Universidad de Yale) encabezó un programa piloto en Filipinas en el cual las personas que quisieran dejar de fumar depositaban en una cuenta especial el dinero que gastarían en tabaco. Luego de seis meses, quienes tenían éxito podían recuperar el dinero, en tanto que los que renunciaban al esfuerzo lo perdían. Un programa así podría implementarse en las clínicas de salud pública y ofrecer incentivos más generosos, como permitir que los ganadores se queden con el dinero de los perdedores. Pero aun sin ese incentivo, asegura Karlan, “los participantes filipinos tuvieron un 39 por ciento más probabilidades de dejar el vicio que quienes no participaron”.

Subsidiar granos integrales, frutas y verduras en los supermercados. Los menos privilegiados tienden a llevar un régimen dietético pasmoso, y con razón: con un dólar en Estados Unidos pueden comprar 100 calorías de zanahorias o bien 1.250 calorías de galletas y papas fritas. Los gobiernos deberían ofrecer incentivos para comprar verduras y frutas. La Fundación Wholesome Wave, por ejemplo, puso en 12 estados de EE. UU. pagarés canjeables en mercados agrícolas para los participantes del programa SNAP (nombre oficial de las estampillas de alimentos). “Los beneficiarios duplicaron y hasta triplicaron la compra de frutas y verduras”, afirma el presidente y director de la organización, Michel Nischan.

Definir objetivos para reducir el consumo de sal. El estadounidense promedio consume el doble de la cantidad máxima diaria recomendada de sodio, casi todo en alimentos procesados. La consecuencia: hipertensión, infartos cardíacos y cerebrales. Sin embargo, la Ciudad de Nueva York está dirigiendo una campaña para lograr que los fabricantes de alimentos reduzcan el contenido de sodio adicionado durante los próximos cinco años, y los consumidores apenas notarán la diferencia debido a que la disminución será paulatina. La FDA (la Administración de Alimentos y Drogas estadounidense) debería seguir el ejemplo de Nueva York.

Integrar la educación física en los programas educativos. Los niños estadounidenses se preparan como locos para los exámenes estandarizados, pero es evidente que están muy rezagados en cuanto a condición física. El ejercicio regular mejora el estado de ánimo, la concentración y el desempeño académico; asimismo, puede invertir la creciente tendencia a desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedad coronaria temprana en niños y adolescentes.

Exigir que las veredas y bicisendas formen parte de los proyectos viales. El Estado federal de EE. UU. gasta un 1 por ciento del dinero generado en transporte público en este tipo de proyectos, pero debería elevar el nivel a 2 ó 3 por ciento. Cuando los barrios y el centro de las ciudades ofrecen buenas veredas, la gente opta por caminar. “El beneficio para el gobierno de la ciudad es que cualquier cosa que construya en una escala que favorezca a los peatones libera entre tres y cinco veces más dinero para otros requerimientos fiscales y permite reducir la infraestructura”, afirma Dan Burden, director ejecutivo del Instituto de Comunidades Pedestres y Habitables, quien recomienda una “dieta de caminos”: quitar dos carriles al tráfico vehicular para sustituirlos por aceras. “Cuando las calles adelgazan, lo mismo ocurre con los habitantes”, sentencia.

Todo esto es muy razonable. Pero Dan Buettner no se queda sentado esperando a que estas medidas superen los inevitables obstáculos de la industria. Por eso, este año tratará de escalar su Proyecto Blue Zones Vitality a una ciudad de 100.000 o más habitantes. “Si funciona, podría convertirse en un ejemplo que el Gobierno podrá aplicar en todo el país”, asegura su colega Ben Leedle, director ejecutivo de Healthways, organización encargada de desarrollar la siguiente fase del proyecto. Es evidente que los desafíos serán mucho mayores en ciudades más grandes, pero con medidas como éstas, llegará el día en que todos disfrutemos de una mejor condición física, sin necesidad de hacer dieta o ejercitarnos especialmente para lograrlo.

* Willett es presidente del Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de la

Universidad de Harvard y coautor de “The Fertility Diet”. Underwood es colaboradora de Newsweek.

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