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Asedio a la Infancia. La Televisión ataca!!!

ASEDIO A LA INFANCIA. LA TV ATACA.

El caldo de cultivo de la proliferación de imágenes con alto contenido erótico se hace con la anuencia de funcionarios del Estado que, vaya a saber uno a qué costo, no aplican la normativa a la que se deberían someter las producciones televisivas. No sorprende que los intereses en juego pesen más que el reconocimiento del carácter formativo o, en la situación presente, deformativo del poder de la TV y de Internet, medios que llegan a los estratos sociales más vulnerables a la penetración indiscriminada de contenidos.

Cómo se debería filtrar ese material? Es redundante decir que debería ser exhibido en horario de protección al menor. Pero es obvio que esa restricción bajaría el rating . Esa audiencia masiva se alcanza mediante una estrategia que consiste en enmascarar el alto gradiente sexual, presentándolo en un formato de programa destinado a la familia. Y ese doble juego es posible porque se comete una falacia que generalmente pasa inadvertida: la mesa familiar se convierte en una fuente de legitimación de cualquier contenido que, en un proceso de retroalimentación, se presenta ya legitimado socialmente. Porque los mismos padres que celebran los desnudos junto a sus hijos menores jamás los llevarían a un teatro de revistas para ver el mismo contenido. Ese entorno legitimador se asocia al espectador como receptor pasivo, que acciona por default: el adulto sólo tiene que actuar por omisión, esto es, abstenerse de cambiar de canal, con lo cual la responsabilidad es transferida al emisor de esos contenidos procaces que, de más está decirlo, en lo que menos piensa es en la responsabilidad social.

Asistimos impotentes a la proliferación de imágenes amparadas en una presunta estética, a menudo lisa y llanamente kitsch en cuanto no son sino burdas representaciones con pretensiones artísticas que se instalan en la mesa hogareña. Vivimos en una cultura que rinde culto a la imagen y que, asociada a la exacerbación de contenidos eróticos y pornográficos, promueve un sexo inalcanzable para nadie, ni siquiera para sus protagonistas. Es cierto que la distinción entre qué es pornográfico y qué no lo es depende de variables culturales. Jean Baudrillard ilustra ese condicionamiento social con una anécdota absolutamente reveladora: cuando el hombre blanco interroga al indio por qué vive desnudo, el indio, con una lógica implacable, responde: ?En mi tierra, todo es cara´. Pero en nuestra cultura el orden se ha invertido: nada es cara. Para ser vendible, todo evoca o debe estar mediado por este nuevo fetiche, la genitalidad.

Salvo contadas excepciones, los empresarios que se valen de los medios para publicitar sus productos y los propios empresarios de los medios no discriminan entre el niño como sujeto de consumo cultural y el niño como sujeto de consumo de bienes y servicios. En rigor de verdad, esto no es privativo de ninguna franja etaria. El espectador como tal es reducido a ser un agente de consumo. Porque el rating no mide los intereses genuinos del público sino que se dirige a establecer cuánto puede vender determinado producto. La ausencia de responsabilidad social del empresariado, asociada a los beneficios de funcionarios que deberían servir a los intereses de la ciudadanía, hace de la TV una máquina de producir mercancías erotizantes al amparo de las leyes del showbusiness .

Paradojas
Internet es la prueba más acabada de la política neoliberal: la paradoja es que por una parte, se defiende la ausencia de regulación del espacio virtual, una suerte de realización de los ideales utópicos de la Ilustración fundados en el libre acceso a los bienes culturales. Por otra parte, ese libre acceso es condicionado a través del suministro de publicidad -cookies mediante- del cibernauta, con contenidos ofrecidos a medida de ese libre consumidor de contenidos que también en Internet es reducido a su estatuto de consumidor. Uno de los argumentos más fuertes a favor del recientemente lanzado al mercado Google Chrome es la posibilidad de «rebelarse» a esa construcción virtual del perfil del consumidor de Internet optando por la eliminación de las cookies donde se guarda la información que permite configurar ese perfil.

Volviendo una vez más a Baudrillard, quien caracteriza la pornografía como un simulacro y resume la relación siempre fallida entre el mensaje y el receptor: «El porno dice: hay un sexo bueno en alguna parte, puesto que yo soy su caricatura». Ese es el pensamiento del adulto, del que fisiológicamente puede intentar emular, aunque esté predestinado al fracaso, aquello que la pantalla le muestra. Pero ¿qué le queda al niño, víctima de una hiperestimulación a la que es incapaz de responder?

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