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El potencial de la web como escenario del chisme. Anonimato, rumores y vidas ajenas al alcance de todos.

El potencial de la web como escenario del chisme. Anonimato, rumores y vidas ajenas al alcance de todos.

Sin límites. Internet expone el impacto social que produce la compulsión por exhibirse, el deseo de hacer públicos actos privados.

Asimple vista, la única diferencia notable entre “Las D’ Enfrente”, la vieja obra teatral de Federico Martens estrenada a principios del siglo XX que explora la obsesión por la vida de los otros, y el caso de la camarera que, difusión de video íntimo mediante, masacró a martillazo limpio a su compañera de trabajo, es la incorporación de la tecnología al acto de espiar y divulgar secretos de alcoba. Si antes se trataba de mirar por las hendijas de las ventanas con cierta discreción, ahora la moda es navegar en la web y utilizarla a manera de plataforma para el chisme. Sacando ese detalle tecno, la curiosidad por el devenir de la existencia ajena parece ser más vieja que el tiempo. ¿Será tan así? Es decir, ¿se tratará sólo de una antigua modalidad potenciada con recursos nuevos? El psicólogo Alfredo Moffat considera que internet y la aparición de videos caseros y comprometedores se transformaron en la “chusma del barrio”. 

30/05/2010 Fuente: Omar Bello Noticias.com

Todo se comenta, se rumorea y se dice en la web. La realidad parece apoyar su teoría. Lejos están Silvia Luna y Carola Bruzzoni de ser las primeras damnificadas por esta tendencia creciente. Haciendo un poco de memoria, enseguida llegamos a aquellas juguetonas maestras correntinas que chichoneaban con el chofer del micro escolar; galán huidizo si los hay, al que varios maridos heridos en su honor todavía deben andar correteando. Ni hablar de las modelos que se hicieron famosas gracias a un video hot en el que ventilaban sus habilidades amatorias. Incluso la publicidad se está ocupando de este asunto de la red y su rol de chismosa por excelencia del nuevo milenio. De eso habla “We are chusmas”, la campaña de la marca Personal que está en el aire. Así planteadas las cosas, el debate podría resumirse a una sola pregunta: ¿Cuál es el límite? Porque si un par de ojos bien ubicados detrás de un ventanal tenían la capacidad de dañar, el potencial mortífero de una filmación desfilando alegremente frente a las narices de media comunidad, resulta incalculable. Podríamos ceder a la tentación de quedarnos estancados en ese punto y discutir un abanico de cuestiones que van de lo ético a lo estructural: ¿Estamos preparados para convivir con un fenómeno que promueve la libertad absoluta y anda escaso de regulaciones?

Al menos la chusma barrial de antaño tenía que poner la cara y se la podía señalar con el dedo acusador; culpabilizar a la red de redes es, de mínima, estéril y desmoralizante. Para el ciudadano de a pie, averiguar el nombre de la persona que está detrás de un chisme cibernético es prácticamente imposible. Aunque sospeche, siempre tendrá dudas. En la web, además de ser moneda corriente, el anonimato forma parte de la cultura instalada. Ahora bien, el problema de estacionarse en la discusión de la cuestión de los límites, es que no alcanza para explicar el impacto que internet produjo en la gente y su compulsión por exponer (y descubrir) la intimidad. ¿Por qué? Los mayores cambios no se generaron en las personas que observan, sino en aquellos que son observados. La red podrá ser la chusma del barrio con ruleros y todo, pero su tarea se ve facilitada por la voluntad exhibicionista de las víctimas. En el pasado, quienes escudriñaban la vida ajena debían adivinar qué ocurría detrás de los muros, rellenar con malicia, imaginación y creatividad de novelista, los “agujeros” que quedaban fuera del campo visual. Bastaba una sonrisa cómplice entre vecinos para despertar la certeza de un romance tórrido y clandestino. Hoy la víctima se deja contemplar a gusto por su victimario. Como un animal que se expone a ser cazado, enciende el celular y graba la prueba del delito con sus propias manos. Alguno que otro caerá en una trampa. Son los menos. La mayoría sabe que está siendo inmortalizado.

 Lo interesante no es que existan nuevas herramientas para cazar infieles, impresiona que los que están en infracción las usen para deschavarse a si mismos. Igual que las esposas o maridos que dejan “escondida” la carta de su amante en un libro de la biblioteca; imposible pensar que los que se filman no esperan ser vistos algún día, alguna vez. El hecho de que después se arrepientan importa poco y nada. En su rol de chusma del siglo veintiuno, el éxito de internet tiene más que ver con la compulsión a exhibirse que despierta, que con las posibilidades de espiar que aporta. Ponerle límites al que mira es ridículo, lo que debe combatirse es el deseo de dejarse contemplar, la desesperación por hacer públicos los actos de naturaleza privada. La chusma que miraba a “las de enfrente” por la ventana se obsesionaba con la vida ajena. A partir de internet, son las de enfrente las que se obsesionan con la mirada de la chusma. Que se abstengan de culparla si sale a contar detalles. Más que una chismosa de barrio que debe ser limitada, internet se parece a esos espejos que decoran las paredes de los hoteles alojamiento. El drama es que, en este caso, el mito de que detrás de ellos hay gente mirando es la pura verdad.

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