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Porteños derrochan agua potable

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El uso del agua en Buenos Aires adquiere dimensiones patológicas. Mirando el río más ancho del mundo, el inconsciente colectivo descansa en que su disponibilidad es infinita. A su vez, una tarifa poco o nada vinculada al consumo alimenta el derroche. La contaminación y las inundaciones muestran otra cara de uno de los pecados más dañinos de nuestra argentinidad, que perpetramos cada hora de nuestras vidas

Asentados a orillas de un río inmenso al que no miran, los porteños apelan al grifo con una voracidad inusitada en comparación con los habitantes de cualquier otro lugar del mundo donde el fluido vital es escaso o está medido, incluyendo los países más avanzados en los cuales el consumo diario es varias veces más bajo.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que lo mínimo requerido para alimentación, higiene y saneamiento son 55 litros diarios por persona. Un consumo óptimo sería de 100 litros diarios, concede. Pero cada porteño gasta 600 litros por día. El dato lo aporta AySA, la empresa que provee de agua potable a 10,5 millones de usuarios de Capital y 17 partidos del conurbano a través de 18.000 kilómetros de caños.

Es una barbaridad. El último verano se superaron los 620 litros, dijo a Viernes el vocero de AySA, Diego Muñiz. Estamos hablando del doble de lo que se consume en países desarrollados. En Estados Unidos, por ejemplo, están entre 250 y 300 litros diarios y en Europa por debajo de 180 litros, aseguró. Aquí hay una idea muy extendida de que el agua es barata y abundante, explicó. ¿Y es así?

Quizá porque se trata de una conquista del siglo pasado, está en el inconsciente la idea de que el agua siempre estuvo allí esperando en el grifo. Buenos Aires fue la primera ciudad de América en proveer agua corriente a sus vecinos. A fines del siglo XIX, tras una secuencia de epidemias, se entendió que el problema no era el aire sino el agua y que había que consumirla limpia.

El majestuoso Palacio de Aguas Corrientes, en la avenida Córdoba al 1900, quedó como símbolo de aquella preocupación por la calidad, disimulada tras una fachada suntuosa. El palacio no fue para ningún miembro de la realeza. Allí se ocultaron 12 tanques con capacidad para 72 millones de litros de agua clarificada que salvaron muchas vidas.

Es así que mientras en todo el mundo crece la conciencia de que el agua dulce es un recurso natural tan imprescindible como escaso, en Buenos Aires la idea es que aunque no la veamos, el agua siempre está -como el sol- y además no cuesta nada, otra idea errónea que se mantiene incólume con el correr de los años y del agua misma.

Desde que asumió la concesión de AySA hace siete años, el Estado invirtió 11.560 millones de pesos en mantenimiento y expansión del servicio. Este año, además de obras de saneamiento, se inaugurará una planta potabilizadora en Tigre que atenderá a dos millones de habitantes de la zona norte del conurbano, y que captará el recurso del Paraná de las Palmas. O sea que gratis no es. Barato, tampoco.

LA BOLETA

El problema es que la boleta, en general, no refleja el consumo real como ocurre con el gas, el teléfono o la electricidad. Y esta liviandad en la carga, que parece tan corriente y natural como el agua, no se da en otros países de la región ni del mundo donde la boleta se mira con lupa. Tampoco en ciudades del interior de la Argentina donde las fuentes de agua están alejadas o bajo tierra, a mucha profundidad. En las provincias hay más conciencia de la escasez. La mayor parte del territorio argentino es árido o semiárido. La caudalosa Cuenca del Plata es la que, por suerte, levanta el promedio.

El Estado debería garantizar un buen servicio, a precio razonable, a todos los habitantes, tomando en cuenta un uso conservador del recurso hasta el nivel que tienen en los países europeos, y a partir de allí debiera haber costos incrementales, conforme la cantidad de agua utilizada, propuso a Viernes Marisa Arienza, presidenta de la organización Green Cross y una de las autoras del informe Agua: Panorama General en la República Argentina, imperdible para entender en asuntos hídricos del país.

El consumo en Buenos Aires es absolutamente desmedido y muestra un profundo desprecio por el agua potable. Eso es consecuencia de una cultura en la cual no se percibe el costo de producción, porque históricamente el agua fue producida por el Estado y no se le transfirió el costo a los usuarios, cosa que sí ha ocurrido en Europa, distinguió la experta. La factura aquí no refleja adecuadamente ni los costos de producción ni el consumo, añadió.

En cambio, en casi todo el mundo el consumo está medido -todo o en parte- y esa tendencia va a llegar a Buenos Aires más tarde o más temprano. Y no es porque el Río de la Plata se vaya a vaciar como una bañadera a la que le sacan el tapón. Es que resulta cada vez más caro mantener la red y más complejo potabilizar el agua.

En general, las fuentes de donde se extrae el recurso -las mismas que reciben las aguas servidas- están cada vez más contaminadas y eso obliga a llevar la captación a mayor distancia de la costa. El proceso exige, además, un mayor volumen de productos químicos, más filtros, más energía. En definitiva, más gastos.

AySA tiene las tomas de sus dos plantas potabilizadoras (la de avenida Figueroa Alcorta y la de Bernal) a 1.200 metros y a 2.400 metros de la costa del río, respectivamente. No obstante esa prudente distancia, cuando hubo inundaciones el año pasado, material orgánico de los ríos Luján y Reconquista llegó hasta muy cerca de esas tomas, y eso obligó a utilizar una mayor carga de coagulantes para asegurar la potabilización, y más cal para neutralizar el efecto del coagulante.

Todo se hace más costoso, porque además de usar más coagulantes, se ralentiza el proceso, nos obliga a parar la producción más seguido para limpiar los filtros, y se gasta más electricidad, dijo Muñiz. ¿Y el usuario? Apenas lo nota, y la canilla queda abierta mientras se lava los dientes (24 litros) o mientras se afeita (40 litros).

Y no es sólo la materia orgánica lo que dificulta o encarece la limpieza del agua. Arienza advierte que el costo de producción del agua potable varía en función de la calidad de la fuente -en este caso el Río de la Plata- y esa calidad es variable.

DESECHOS

Hay sustancias en el agua que generan dificultades crecientes, entre ellas el PCB, un aceite prohibido a nivel mundial y que en algunas industrias se sigue utilizando como refrigerante, alertó la experta. Cuando esos equipos se deterioran lixivian el PCB que termina en el agua. La eliminación del PCB es muy costosa y difícil, alertó.

Otro desafío es el de desechos de productos farmacéuticos y cosméticos que llegan al río mediante las aguas servidas. No se trata sólo de remedios que se tiran sin usar, sino del excedente de líquido que eliminamos por la cloaca. Allí van anticonceptivos hormonales, antidepresivos, calmantes, viagra, antibióticos, jabones antimicrobianos.

En AySA aseguran que estos desechos no son un problema porque la toma está lo suficientemente alejada. En la OMS consideran que, por el momento, el riesgo de las concentraciones mínimas de medicamentos, es bajo. Y advierte que en caso de ser necesario existen tecnologías nuevas para neutralizar esos residuos como la ósmosis inversa, la oxidación avanzada o la nanofiltración. Todo carísimo.

Por eso, una vez que la empresa cumpla el objetivo de cubrir el 100 por ciento de la demanda -una meta prevista para 2015- el reto será intensificar un programa de medidores que ya arrancó tímidamente. Hoy, un 12 por ciento de usuarios lo solicitó en forma voluntaria, y en los edificios nuevos ya los están colocando. Habrá que buscar la forma de facturarles a los consorcios porque sabemos cuánta agua entra al tanque de reserva pero no cuánto consume cada unidad, adelantó.

Con la medición, sin dudas se desarrollará un mercado ya existente de artefactos y grifería eficientes y de medidores inteligentes, capaces de dar aviso cuando hay una pérdida. Ahora, la molesta canilla que gotea o el inodoro que no corta, se arreglan cerrando la puerta del baño para no escuchar el ruido.

La canilla que gotea pierde 320 litros por semana. Y el inodoro que tiene rota la descarga: 2.400 litros diarios. Si la manguera queda abierta media hora -el tiempo de limpiar la vereda o de lavar el auto- se van unos 570 litros. Si ese alegre discurrir tiene un costo económico claro, puede ser una motivación para cuidar el recurso.

Un estudio de la CEPAL publicado en enero de este año reveló que de las 15 principales prestadoras de la región, AySA es la que cobra más barato: 0,17 de dólar el metro cúbico. En San Pablo, el costo de la tarifa por parte de SABESP, la más grande de la región que atiende a 25 millones de clientes, es de 2,63 dólares el metro cúbico, una tarifa 15 veces más cara de la que paga el porteño. En Brasil se gastan unos 200 litros de agua por día y por persona, pero el consumo promedio en la ciudad paulista es más bajo aún.

Si estos costos se comparan con una zona árida, como es el mercado que atiende Aguas de Antofagasta, en el norte de Chile, el precio sube hasta 3,54 dólares, 21 veces más que en Buenos Aires. El cargo fijo -como el de AySA- no da señales para la conservación del recurso ni para la limitación del consumo, concluye el informe.

Si los porteños gastaran la mitad, es decir unos 300 litros por día -que es tres veces más de lo que se gasta en Barcelona- se podría llegar con mejor presión a todas partes y con la misma capacidad instalada. La vida útil de las obras, muy costosas, se prolongaría por más tiempo, porque la demanda de las instalaciones sería menos intensiva.

En AySA no lo descartan, pero prefieren no ilusionarse con esos incentivos a ahorrar agua. Es como aumentar el precio del cigarrillo. La gente se controla un poco al principio y después vuelve a fumar. El medidor es una alternativa para un consumo racional, pero hay que insistir en la conciencia y la educación, remarcó Muñiz.

La tarifa de AySA está congelada desde 2001. El único gran salto fue a comienzos de 2012 cuando se eliminaron subsidios a los grandes consumidores. Eso representó casi 300 por ciento de aumento, pero a unos pocos. El 85 por ciento paga la tarifa subvencionada y sólo un 15 por ciento abona la real, que es casi cuatro veces más cara. Hoy los que tienen subsidio pagan 0,66 pesos por metro cúbico, y los que no, pagan 2,56 pesos por metro cúbico, aclaró el vocero.

El valor al que se llega sin subsidio es una fórmula compleja en la que intervienen distintas variables. No es lo mismo un barrio que otro y tampoco da igual la cantidad de metros cuadrados de terreno. Según el vocero, hay barrios cerrados que aparecen como baldíos, o sea que tienen muchos metros de lote pero la tarifa es baja. Ese es otro desajuste que habrá que corregir, sobre todo para cuando se inaugure la planta potabilizadora de Tigre, que costó 4.000 millones de pesos.

Aun cuando los porteños estén convencidos de que el agua es una fuente inagotable, para el mundo se trata de un recurso escaso. Si miramos el globo terráqueo, la mayor parte de la superficie está en azul. Vivimos rodeados de agua. Pero 97,5 por ciento de ese líquido es agua salada y apenas 2,5 por ciento, dulce. De esta última, no toda está tan a mano. El 70 por ciento es hielo o nieve permanente, 29 por ciento está en acuíferos y alrededor de uno por ciento se presenta, al fin, en ríos o lagos superficiales.

No es imposible, incluso, que un recurso hídrico se agote y desaparezca. Ahí está en ese proceso el Mar de Aral -en verdad, un lago que fue de los más extensos del mundo-. Por el uso irracional que se hizo de él para el riego en sus alrededores, el espejo se redujo a 20 por ciento de su tamaño original y la sal, que estaba en baja proporción, está más concentrada. Es el vientre seco de lo que fue un oasis, lo describe el biólogo argentino Claudio Campagna en el libro Diario del hombre que piensa el agua.

Los más optimistas estarán pensando que el agua de mar podría desalinizarse. De hecho, ya hay plantas que experimentan estas técnicas en países donde sobra el petróleo y falta el agua, como Arabia Saudita. También lo hacen Israel, Estados Unidos -en la seca costa oeste- y en países cercanos como Chile. Pero de nuevo: el producto final será uno muy elaborado y, por lo tanto, más caro que el actual, que está ahí nomás y más o menos limpito.

La Asociación Internacional de Desalación señala en su página que hay 15.988 plantas de desalinización en 150 países del mundo, todavía no muy eficientes, y que aportan 66 millones de metros cúbicos diarios a unas 300 millones de personas. El problema, dicen los ambientalistas, es que el concentrado de sal excedente en la producción que se devuelve al agua puede tener impacto a mediano y largo plazo sobre las especies y el agua misma que aún se desconoce.

Otro gran equívoco es el de creer que el agua dulce se destina básicamente al consumo domiciliario. Al contrario, el uso residencial es marginal en la torta. El 70 por ciento del agua dulce del mundo se utiliza para riego y alimento del ganado. Otro 20 por ciento se lo lleva la industria. Y sólo un 10 por ciento se reserva para uso doméstico. Estos son datos de la realidad medidos por la FAO (el Organismo de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), no son recomendaciones de uso.


AGUA VIRTUAL

Por otra parte, el agua no la consumimos sólo del grifo. Producir el alimento diario de una sola persona requiere entre 2.000 y 5.000 litros de agua, estima la FAO. El agua virtual es un concepto nuevo que ayuda a estimar la cantidad contenida en un producto. Fabricar un auto insume 5.600 litros de agua, un kilo de papel 250 litros, informa la proveedora de aguas de San Pablo, exhortando a un uso más cuidadoso.

Si de lo que se trata es de producir ropa, un jean contiene 3.000 litros y una camiseta de algodón la mitad, 1.500 litros. Los consumidores preocupados por estos usos están pasándose a prendas de lino, cáñamo u ortiga, que requieren menos riego.

¿Y los alimentos? Para obtener un kilo de carne de ternera hicieron falta 16.000 litros de agua. Pero los vegetarianos no se quedan atrás: un kilo de arroz -uno de los cultivos más intensivos en uso de agua- contiene 2.500 litros. ¿Y el café? Atención consumidores adictos: se usaron 21.750 litros de agua por kilo.

Después están los usos no consuntivos del agua, que son los que aprovechan la corriente sin bebérsela: la pesca, la navegación, la energía hidroeléctrica, el turismo.

Pese a todo lo dicho, en Buenos Aires, el agua que está allí, no se valora. Incluso se la desprecia. Para beber son cada vez más los que prefieren la que viene envasada -sin reparar en que cuesta, por lo menos, mil veces más, y que para fabricar cada botella plástica de litro se van tres de agua corriente, según la revista especializada PNUMA-.

Ese comportamiento desaprensivo sorprende a algunos extranjeros que llegan a creer que el agua corriente en este país no debe ser muy de fiar.

Los neoyorquinos están orgullosos de su agua de grifo y no es que los ríos que rodean a la gran manzana estén muy limpios. Hay que trabajar mucho en el recurso, pero al final se obtiene un agua rica, de calidad, y muy apreciada. Es común en Manhattan que al entrar a un bar o a un restorán se reciba a los clientes con una jarra de agua de la canilla que puede ser luego la bebida que acompañe la comida.

En Buenos Aires, el Riachuelo, su límite sur, fue históricamente la cloaca de la Ciudad y de sus industrias. Ahora se procura convertirlo al menos en un río para usos recreativos pasivos. Esto es: no para potabilizar agua de allí, no para bañarse ni salpicarse, no para pescar y mucho menos para comer lo que se pesca.

Con el Río de la Plata, hubo un tiempo que fue hermoso. Los vecinos de la Ciudad se bañaban, pescaban en sus aguas y tomaban sol sobre sus playas marrones. Ya no. Al río se lo aprecia desde lejos. La vista al río se cotiza sólo si se está a distancia. Si es desde una torre, mejor.

Estamos cerca, pero muy lejos de Montevideo, donde el mismo río, más apreciado en la otra orilla, se vivencia como si fuera el mar. Buenos Aires, en cambio, le da la espalda a su río más caudaloso. ¿Y los arroyos…? Sepultados bajo el asfalto, sin ver el sol. Devinieron en calles y avenidas que sacan a relucir su rencor con cada aguacero.
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9/6/13 Fuente: Ámbito web

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